El 18 de noviembre de 2025, el gobierno de Claudia Sheinbaum presentó el Mundial Social, una intervención del Estado mexicano para insertar una agenda popular en el evento deportivo más lucrativo y opaco del planeta: cuatro mil doscientas ocho canchas rehabilitadas; ciento cuatro partidos transmitidos en plazas públicas en todas las entidades del país; setenta y cuatro torneos y copas Mundialito para escolares, adultos mayores y niños con síndrome de Down; diez mil murales en espacios recuperados, y cinco mil becarios de Jóvenes Construyendo el Futuro capacitados como guías turísticos,[1] además de dos mil millones de pesos en inversión de infraestructura pública en las sedes mundialistas.[2]
Algo más trascendente que un torneo paralelo o una cruzada ética contra la FIFA: utilizar el Mundial como plataforma de inclusión y desarrollo, ya que el gobierno mexicano sabe que la mafia del balón es incorregible, como demuestra Ian Buruma en su reciente ensayo: “Tarjeta Roja”, para la revista The New Yorker.[3]
Buruma hace una disección de los mundiales en cuya primera escena está Donald Trump, sonriente, recibiendo un grotesco «FIFA Peace Prize» de Gianni Infantino. Es un retrato oficial, no una anécdota. Luego, Buruma nos recuerda la historia: Mussolini utilizó el Mundial como herramienta de propaganda fascista, presionando para que su equipo ganará el torneo en 1934, como luego lo haría la Junta Militar argentina en 1978. También en 1973, bajo la dictadura de Pinochet, la FIFA inspeccionó el Estadio Nacional de Santiago de Chile —con presos aún adentro— y lo declaró apto para jugar. El césped estaba en perfectas condiciones.[4] Luego otorgó a Rusia la Copa 2018, tras la polémica anexión de Crimea; y siguió adelante después del escándalo FIFA Gate que forzó la renuncia de Sepp Blatter. En estos campeonatos la FIFA operó impunemente coludida con patrocinadores y gobiernos dictatoriales. La corrupción no es accidental, es su esencia.[5]
Ante esto, la jugada de Claudia Sheinbaum es audaz. La presidenta no promete redimir la Copa del Mundo, acepta que el evento ocurrirá y decide rescatar los mayores beneficios. El Mundial no se puede detener, pero sí intervenir. El turismo llegará, pero se puede dirigir a quién beneficia. El gasto fluirá, pero puede orientarse a infraestructura social. La visibilidad global existirá, pero puede usarse para mostrar la grandeza de México.
Esta estrategia utiliza la fuerza del capital —el partido inaugural, la publicidad, el consumo— como palanca para construir un tejido social más resistente. Que adultos mayores jueguen en espacios rehabilitados es apropiación del territorio; que infancias con discapacidad tengan torneos propios es inclusión; que jóvenes en situación de calle sean visibles es reconocimiento; que artesanos y pequeños comercios formen parte del circuito turístico es redistribución de la derrama económica.
Cuando en la conferencia Mañanera del 3 de marzo se presentó el trofeo de la Copa del Mundo 2026, en el estrado, junto a estrellas del futbol, estaba el logotipo de Coca-Cola. La misma corporación global que ha construido su imperio con la devastación metabólica de la población y el extractivismo hídrico aparecía en la trinchera que los gobiernos de la Transformación reivindicaron como tribuna frente a los poderes fácticos.
Aquí está la cuestión central de este asunto. El Mundial Social puede ser una intervención genuina, pero ocurre dentro de un evento que sigue siendo de la FIFA, financiado por sus patrocinadores históricos y es difundido por corporaciones mediáticas globales. El Estado puede mitigar los efectos, pero no controla las causas. Puede rehabilitar canchas, pero no decide quién adquiere los derechos de transmisión. Puede incluir a jóvenes marginados, pero no impedir que los estadios se llenen de aficionados acaudalados mientras los demás miramos desde afuera.
La política no es un ejercicio de virtud moral, sino un despliegue de poder. Frente a los mezquinos intereses mercantiles de las corporaciones que han hecho del futbol un negocio corrupto, excluyente y extractivo, está el poder político del pueblo de México.
La apuesta del segundo gobierno de la Transformación es disputar espacios e influencia a los jerarcas del futbol en su propia cancha, algo que pocos gobiernos anfitriones se han atrevido. Porque, cuando las cámaras se apaguen y las corporaciones se lleven sus ganancias, lo que quedará son las canchas rehabilitadas, los jóvenes capacitados, los espacios públicos recuperados. El cálculo político es utilizar el poder económico en favor de la comunidad.
La FIFA no tiene remedio, pero México sí, porque cuando el circo se vaya, quedará la memoria de una Copa Mundial donde, por primera vez, la fiesta fue de todos y todas.
[1] Mundial Social México 2026 dejará un legado deportivo: Presidenta Claudia Sheinbaum
[2] Sheinbaum prevé apoyo de hasta 2,000 millones de pesos para entidades sedes del Mundial 2026
[3] Why the World Cup Can Feel Like War | The New Yorker
[4] Chile 1973: el Estadio Nacional del dolor – Yahoo Noticias