Cuando Jonathan Haidt publicó hace dos años La generación ansiosa: cómo la gran reestructuración de la infancia está provocando una epidemia de enfermedades mentales, muchos en la academia recibieron su tesis con escepticismo. Acusarlo de alarmista era fácil: otro tecnófobo más lamentándose por los jóvenes y sus dispositivos. Pero los datos no han dejado de acumularse, y Haidt, psicólogo social de larga trayectoria en la Universidad de Nueva York, ha pasado de ser un investigador respetado a convertirse en una pieza central del debate público sobre tecnología infancia. En una extensa entrevista con David Remnick para The New Yorker,[1] Haidt no solo defiende sus tesis originales, sino que actualiza su diagnóstico: el problema ya no es solo la adicción, sino una transformación cognitiva profunda inducida por decisiones de ingeniería.
Haidt lleva años denunciando que las plataformas no son neutrales. Están diseñadas como máquinas de condicionamiento operante. Lo que cabe en el bolsillo de cada adolescente no es una herramienta de comunicación, sino un dispositivo de ingeniería conductual que explota circuitos de recompensa para remodelar atención, memoria y empatía.
La defensa clásica de Silicon Valley ha sido siempre la misma: “correlación no es causalidad”. Mark Zuckerberg lo repitió ante el Senado en 2024. Pero Haidt y su colega Zachary Rausch lo han desmentido con precisión quirúrgica: siete líneas de evidencia que incluyen el testimonio de las víctimas, los educadores y, crucialmente, los propios documentos internos de las compañías tecnológicas. Esa estrategia ha permitido que miles de familias consigan agrupar sus demandas en una litigación multidistrital contra Meta, TikTok y Snap en California. El objetivo no es solo una compensación monetaria, sino que un jurado declare lo que la ingeniería de producto lleva años ocultando: que la adicción es parte del diseño, no un error de programación.
Los fragmentos filtrados son demoledores. Científicos de datos de Meta discutiendo cómo aplicar “recompensas intermitentes” —el principio de las máquinas tragamonedas— para maximizar el retorno del usuario. Informes internos de TikTok que vinculan el uso compulsivo con pérdida de memoria y deterioro del pensamiento crítico. Durante años operamos bajo un honor system digital: un menor declaraba tener 18 años y la puerta se abría. Esa arquitectura de confianza ingenua está siendo desmontada pieza por pieza en los tribunales.
Uno de los marcos conceptuales más útiles que Haidt ha refinado es la distinción entre dopamina lenta y dopamina rápida. La primera es la que obtenemos al sostener un esfuerzo, fracasar, insistir y finalmente lograr un objetivo complejo. Construye carácter, atención sostenida y gratificación diferida. La segunda es el like instantáneo, el scroll infinito, la interrupción constante. El resultado, documentado ya por múltiples estudios, es una generación cuya capacidad de atención se ha atrofiado en favor de estallidos cortos y frecuentes de estimulación. Para los chicos, el cóctel es aún más explosivo: videojuegos, pornografía online y apuestas deportivas convierten su sistema de recompensa en un estado de caza permanente.
En México, sin embargo, la respuesta institucional va en otra dirección. La Secretaría de Educación Pública, a través de la Nueva Escuela Mexicana, ha optado por formar “ciudadanía digital crítica”: enseñar a niñas y niños a usar redes sociales con responsabilidad, reconocer riesgos y ejercer autocontrol. Es un enfoque pedagógicamente razonable, pero conceptualmente insuficiente. Mientras Jonathan Haidt plantea que el problema está en la arquitectura misma de las plataformas —diseñadas para maximizar el uso compulsivo—, la política educativa mexicana opera bajo la premisa que el daño depende del uso, no del diseño. Es decir, se educa al usuario, pero se deja intacto el sistema que lo condiciona.
No se trata solo de enseñar a resistir la distracción, sino de decidir si el Estado está dispuesto a intervenir en las condiciones que la producen. Porque mientras la escuela forma hábitos de atención, las plataformas compiten por desmantelarlos en tiempo real. Y en esa asimetría —entre pedagogía y diseño— no hay equilibrio posible: o se introduce fricción desde lo público, o se normaliza que la infancia mexicana siga siendo el terreno de prueba de una industria que optimiza conductas antes de que existan marcos para contenerlas.
Pero mientras los jueces californianos examinan el pasado y el gobierno mexicano apuesta por la pedagogía, el laboratorio regulatorio del futuro ya funciona en Australia. Desde diciembre, una ley pionera obliga a verificar la edad para acceder a redes sociales. Las plataformas han tenido que eliminar 4,7 millones de cuentas de menores.[2] La medida no es perfecta —los VPNs siguen siendo un dolor de cabeza—, pero introduce algo que el diseño de producto había eliminado deliberadamente: fricción. Y la fricción, en un sistema optimizado para la fluidez, es el primer paso hacia la autonomía.
Y esto, advierte Haidt, es solo el principio. La inteligencia artificial generativa está a punto de escalar el problema a un nivel completamente distinto. Si las redes sociales secuestraron la atención, la IA emocional viene a hackear el apego. Los primeros chatbots conversacionales ya han dejado un rastro trágico: adolescentes empujados al suicidio por interacciones con sistemas diseñados para simular compañía. Cuando los juguetes conectados y los asistentes conversacionales compiten por el vínculo afectivo infantil, las fronteras entre relación auténtica y producto diseñado se difumina por completo. No se tratará ya de cuánto tiempo pasa un niño ante una pantalla, sino de con quién —o con qué— está construyendo su mundo emocional.
La entrevista con Remnick deja una conclusión incómoda para la industria tecnológica, pero también para los gobiernos y las escuelas. Por un lado, existen palancas de intervención efectivas que ya están dando resultados: regulación que introduce fricción, como la ley australiana de verificación de edad; políticas escolares que limitan el teléfono —las escuelas que han implantado sistemas como las bolsas magnéticas reportan haber recuperado la atención en clase —; y, desde luego, los litigios que obligan a las empresas a exhibir lo que sabían sobre el impacto en los jóvenes y desde cuándo lo supieron.
Pero ninguna de estas palancas opera en el vacío. El error sería pensar que basta con una de ellas. La tentación mexicana de confiar exclusivamente en la formación de “ciudadanía digital crítica” a través de la Nueva Escuela Mexicana es tan ingenua como la fe californiana en que los juicios lo resolverán todo, o la apuesta australiana por la verificación de edad como bala de plata. La arquitectura de las plataformas es demasiado poderosa, y el condicionamiento conductual que aplican, demasiado sofisticado, para que una sola respuesta institucional baste.
Lo que necesitamos es una estrategia de triple acción. La regulación estatal —mexicana o de cualquier otro país— debe atreverse a intervenir en el diseño mismo de las plataformas, como empieza a hacer California. La tecnología, por su parte, tiene que rediseñarse desde dentro: arquitecturas que favorezcan la atención sostenida, que introduzcan fricción consciente en lugar de fluidez compulsiva, que respeten los tiempos de desarrollo infantil. Y la pedagogía, la gran apuesta de la Nueva Escuela Mexicana, tiene que dejar de ser un consejo para el autocuidado y convertirse en una formación política y técnica que enseñe a las nuevas generaciones a leer críticamente los algoritmos, a identificar los patrones de extracción atencional y a organizarse colectivamente para exigir plataformas habitables.
Porque mientras la escuela forme hábitos de atención sin intervenir en las condiciones que los desmantelan, estará nadando contra corriente. Y mientras la regulación no alcance al diseño, los litigios no tendrán más remedio que perseguir daños ya consumados. La generación ansiosa no es un accidente: es el resultado de decisiones empresariales conscientes, optimizadas y escaladas globalmente. La reparación, si llega, no vendrá de una sola dirección, sino de un frente combinado que articule leyes que pongan límites, tecnologías que respeten el desarrollo humano y escuelas que formen miradas críticas capaces de exigir lo primero y construir lo segundo.
En México no basta con enseñar a resistir la distracción. O el Estado interviene en el diseño que la produce, o acepta que la infancia siga siendo materia prima de una industria de captura atencional. La disyuntiva es simple: regular la arquitectura digital o normalizar el daño y afrontar las consecuencias.
[1] Can We Save Kids from Social Media? | The New Yorker
[2] Plataformas de redes sociales eliminan 4.7 millones de cuentas tras veto a menores en Australia