Bobby Fischer nunca jugó damas chinas

El mundo multipolar emergente se parece más a un tablero de damas chinas, en donde el poder geopolítico más eficaz lo ejercen hoy quienes logran convencer a sus adversarios de que, en lugar de pelear, avanzar juntos sirve mejor a sus propios intereses.

La “Partida del Siglo” entre Boris Spassky y Bobby Fischer, en 1972, fue el clímax simbólico de la Guerra Fría. En ese torneo mundial de ajedrez se enfrentaron dos modelos de civilización irreconciliables, dos maneras antagónicas de organizar el poder. Durante 24 años, la Unión Soviética convirtió el ajedrez en un escaparate ideológico, en la prueba irrefutable de que el aparato colectivo podía someter el talento individual al servicio del Estado para producir inteligencias superiores. Fischer, ícono del individualismo  —autodidacta, sin padre, sin apoyo gubernamental, sin someterse a las reglas de etiqueta internacionales—, fue capaz de destrozar el engranaje estatal soviético frente al mundo entero.

 

El ajedrez es una metáfora de la lucha por el poder que busca aniquilar al contrincante. Por eso, una de las jugadas más elegantes e incomprendidas es el sacrificio: ceder material al vislumbrar una debilidad estructural que vale más que la pieza entregada, ya que rompe la lógica elemental de que acumular es ganar.

 

Tras triunfar en la Guerra Fría, Estados Unidos siguió operando bajo la misma lógica del vencedor absoluto. Tanto así, que elhéroe del mundo libre” experimentó en carne propia cómo en los sistemas totalitarios hasta las piezas más valiosas son sacrificables. Cuando Fischer disputó la revancha concedida a Spassky en 1992, violando las sanciones de la ONU impuestas a Yugoslavia por la guerra de los Balcanes, el Departamento de Justicia le retiró el pasaporte —condenando al hombre que evidenció a la superpotencia comunista a vivir como un errante sin papeles—, hasta que la misma Islandia donde ganó el campeonato mundial le otorgó la ciudadanía en 2005. 

 

Además del joven prodigio de Brooklyn que humilló al Kremlin, las piezas sacrificadas por Estados Unidos a raíz de la caída del Muro de Berlín incluyen socios comerciales, aliados militares, estados vasallos y enemigos declarados. Pocos países han quedado fuera de la lógica de presión estadounidense, ya sea mediante sanciones económicas, bases militares impuestas, golpes de Estado, reclamos territoriales, coerción, bloqueos o amenazas comerciales.(1) Por esto, las naciones que luchan por construir soberanía estratégica, como México, observan el ejemplo de China, que nunca subordinó su poder político al poder económico. Domesticó los mercados de capital para fortalecer las capacidades del Estado, desarrollar capacidades productivas y elevar el bienestar del pueblo, legitimando su autoridad sin someterse a Washington. (2)

 

El mundo multipolar emergente se parece más a un tablero de damas chinas. Una estrella de seis puntas, donde cada pieza tiene el mismo valor que las demás y en el cual no hay reyes intocables, peones para sacrificar ni jerarquías. Se avanza en bloque, cooperando, usando la posición colectiva para llegar al territorio opuesto. En las damas chinas nadie puede ser eliminado. Los contrincantes nunca desaparecen y aunque pueden bloquearte, también sirven de escalón para avanzar en la dirección que te conviene. El poder geopolítico más eficaz lo ejercen hoy quienes logran convencer a sus adversarios de que, en lugar de pelear, avanzar juntos es más útil para sus propios intereses. (3)

 

Las formas más sofisticadas de vida no surgieron de la competencia permanente, sino de la cooperación. Mucho antes del ajedrez, antes del liberalismo y su obsesión con la suma cero, las especies evolucionaron formando bloques y construyendo ecosistemas donde el progreso de unos sostenía la prosperidad de los demás. La célula se especializa, colabora y forma tejido antes que destruir. Esa es la lógica que permitió la existencia de formas de vida superiores. El capitalismo convirtió la competencia en principio organizador absoluto, subordinando las formas de cooperación que sostienen la vida, los ecosistemas avanzados y las civilizaciones prósperas. 

Aunque el mundo multipolar no es un paraíso de cooperación —está atravesado por rivalidades, intereses contrapuestos y disputas de poder—, su diferencia radical es que ningún Estado puede imponer sus intereses particulares al planeta entero. Es un sistema complejo donde el desarrollo de cada actor depende cada vez más del progreso de los demás. Gestionarlo exige acuerdos multilaterales que conviertan las interdependencias en beneficio compartido y estadistas con convicción humanista, arraigo popular y profunda vocación soberana. 

Bobby Fischer terminó errante, sin pasaporte y buscando un país que lo acogiera. Islandia, pequeña y periférica, le abrió las puertas que el imperio cerró. Su historia anticipó el agotamiento de un orden basado en piezas sacrificables y el nacimiento de otro donde nadie puede avanzar por sí solo. Su triste destino nos recuerda una lección que las potencias en declive suelen descubrir demasiado tarde: ninguna victoria es definitiva y ningún jugador domina el tablero para siempre. 

(1)  Desde Panamá e Irak hasta Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria y Ucrania, cada administración estadounidense encontró nuevas piezas para sacrificar. Unas veces fueron invasiones; otras, golpes de Estado, sanciones, revoluciones de colores, guerras comerciales o conflictos por encargo. Hoy esa presión alcanza desde China e Irán hasta Cuba, Venezuela, México, Brasil y Colombia, mientras Israel continúa su ofensiva sobre Palestina

(2) https://www.foreignaffairs.com/articles/china/2021-10-19/inevitable-rivalry-cold-war

(3) https://politica.expansion.mx/mexico/2025/07/31/sin-confrontacion-y-respeto-las-claves-de-la-negociacion-de-sheinbaum-con-trump 

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