Un gran amigo de la infancia de mi hijo tenía una manera muy peculiar de terminar cualquier discusión: no importaba si peleaban por un penal mal marcado o si el América o el Toluca serían los campeones del torneo, cuando se le acababan los argumentos —o antes, mucho antes—, estiraba su brazo con la mano abierta como quien desenfunda su pistola y soltaba un: ¿Cuánto, cuánto?, exigiendo que estableciera el monto de una apuesta. Así se preparaban para sortear en la vida adulta lo que Carlos Monsiváis llamó “torneos de borrachera” ―esas guerras de honor entre machos, en donde la verdad se mide a billetazos y no con razones― sin imaginar que posteriormente entraría también en juego su reputación de saber leer el futuro.
Muestra de eso es cómo la FIFA encontró la manera de cobrar por todo en esta Copa del Mundo: desde los boletos con precios dinámicos, hasta los espacios para las conferencias de prensa. Pero ver a Hugo Sánchez —el pentapichichi, el héroe de mi generación— promocionar un sitio de apuestas fue una decepción que nunca llegué a imaginar. El futbol se convirtió en el laboratorio de la nueva economía de la atención, donde los partidos se fragmentan en cientos de microeventos monetizables: el número de tiros de esquina, la primera tarjeta amarilla, el minuto del primer gol, acostumbrando así a millones de personas a consumir incertidumbre como entretenimiento. Una vez normalizado ese comportamiento, fue inevitable que la misma lógica migrara a la política.
Durante décadas Wall Street aprendió a ganar dinero comprando y vendiendo expectativas. Silicon Valley perfeccionó la captura de nuestra atención mediante algoritmos capaces de explotar nuestras emociones. Ambas industrias convergen cuando la incertidumbre política se transforma en oportunidad de lucro y las plataformas digitales se convierten en la infraestructura del nuevo casino global bajo el uso falaz del principio de la inteligencia colectiva.[1] Plataformas de predicción, como Polymarket o Kalshi, permiten especular con guerras, resultados electorales, decisiones judiciales o nombramientos de gabinete, asignando un precio al resultado en lugar de comprender los acontecimientos, así el futuro dejó de ser una aspiración común para convertirse en instrumento de extracción de rentas. Bajo esta lógica, ya no somos ciudadanos deliberando sobre el futuro de nuestras sociedades, sino espectadores desviando la atención del juego democrático hacia la pantalla del celular esperando obtener una ganancia.
Polymarket procesa volúmenes comparables a los de algunos mercados financieros especializados, tan sólo el valor de sus transacciones se cuadruplicó entre mayo y junio. Donald Trump Jr. se incorporó al Consejo de Polymarket, siendo aún asesor estratégico de Kalshi, quedando vinculado a los dos mayores actores del mercado de predicción.[2] Su padre entendió que en la economía digital la volatilidad es la mercancía y con cada publicación en Truth Social envía una señal de trading para millones de apostadores, convirtiendo así la información que explicaba al mundo en un precio de referencia.[3] El viejo insider trader de Wall Street —personas con acceso a las Juntas de Consejo y los estados de resultados preliminares de empresas bursatilizadas— encuentra hoy su equivalente en el operador político que especula con información privilegiada para obtener beneficios económicos inmediatos.[4]
Tampoco los medios se salvan, durante décadas el periodismo aspiró a explicar la realidad contextualizarla y someter el poder al escrutinio público. Hoy surgen coberturas mostrando los escenarios de los mercados de predicción, como si fueran indicadores objetivos de la realidad política, así desaparece el análisis mediático para abrir paso al monto de una apuesta. El mercado empieza a dictar qué acontecimientos parecen posibles y cuáles no, entonces el oportunismo termina ocupando el lugar de la deliberación democrática. Esta dinámica reduce el mundo a un portafolio de inversiones; las guerras dejan de medirse por sus víctimas y se miden por sus probabilidades; las elecciones dejan de debatirse por sus ideas y se cotizan con base en las encuestas; las crisis dejan de convocar solidaridad para despertar la codicia individual.
Hace veinte años mi hijo ya hablaba con sus amigos en el lenguaje del mercado. El capitalismo encontró la manera de ponerle precio al futuro y hoy ya no sólo puedes apostar por tu equipo o por el próximo campeón del mundo, sino por sanciones, elecciones, aranceles y gobiernos. Me pregunto si aquel muchacho que extendía la mano aprendió a sostener un argumento o defender sus convicciones sin tener que cruzar apuestas. O si quienes entonces lo observábamos sabremos interpretar una guerra con humanidad, informando, protestando y solidarizándonos con las víctimas, sin preguntarnos en secreto: ¿Cuánto, cuánto?
[1] «The Wisdom of crowds» y el principio de independencia – Blog de Inteligencia Colectiva
[2] De mayo a junio de 2026 el valor de las transacciones creció de 50 a 200 millones de dólares.
[3] Empresa de medios de Trump planea vender acceso de alta velocidad a publicaciones en Truth Social | AP News
[4] Despiden a operador de teleprompter de Trump, por caso relacionado a apuestas, así la historia | Video | N+ Univision