El regreso de Lula

Escuché por primera vez a Luiz Inácio «Lula» da Silva en un viaje a Brasil durante las campañas presidenciales de 1989. Aquella experiencia fue muy impactante para alguien acostumbrado a los acartonados y predecibles ejercicios electorales dominados por el PRI, cuando nos encontrábamos todavía a un año que Fernando Gutiérrez Barrios rindiera protesta como el primer presidente del Consejo General del IFE. Fue evidente, al atestiguar la ferocidad de los ataques en sus spots de radio y televisión, así como las frontales interpelaciones en los debates públicos entre los candidatos, en un país que tenía casi 30 años de no elegir a su presidente por voto directo, que existían otras formas más apasionantes de vivir la democracia.

Lula contendió en otras tres campañas más hasta ganar la Presidencia de la República en 2002. Aquella abrumadora victoria electoral en todos los frentes y un inesperado crecimiento en el valor y volumen de las exportaciones de materias primas brasileñas le permitieron financiar innovadores programas sociales para: reivindicar a las personas más pobres de Brasil; reelegirse y, eventualmente, ceder el poder a su compañera de partido y primera mujer en ejercer el máximo cargo de la nación, Dilma Rousseff.

Sin embargo, con la combinación de un juicio político a la Presidenta de la República y el injusto encarcelamiento de Lula que le impidió presentarse como candidato a las elecciones de 2018, se puso fin a 15 años de gobiernos progresistas. Uno de los más perversos ejercicios de guerra jurídica (lawfare)[1] permitió a Jair Bolsonaro ―un Diputado y Capitán del Ejército Brasileño aliado de los sectores conservadores y de los terratenientes que encabezan las estructuras económicas depredadores del Amazonas― llegar a la presidencia de Brasil enarbolado en un discurso de odio. Este mismo personaje asumió el relevo de Donald Trump[2] como representante de la extrema derecha en el mundo, que continúa ganando posiciones, como es el caso del triunfo reciente de Giorgia Meloni en Italia.

Parecía imposible que Lula llegara a presentarse a las urnas y triunfar por tercera ocasión, pero al lograrlo, se generó un optimismo y euforia que deben moderarse hasta que se estabilice el ambiente político. Aunque el mundo reconoció rápidamente el triunfo de Lula, su oponente no le ha concedido la victoria y con expresiones antidemocráticas y bloqueos carreteros amenaza con una intervención militar y, a semejanza de Trump, Bolsonaro cuenta con grupos civiles armados que parecen dispuestos a formar una milicia de la derecha.

Brasil, como ningún otro país, está polarizado en dos grupos de igual masa democrática que se ven mutuamente excluyentes entre sí; quienes apoyan a Lula o los que apoyan a Bolsonaro. Esto lo revelaron los resultados electorales y el monitoreo de aprobación presidencial de Morning Consult de octubre pasado[3]. Por esto y para atraer al poder económico y a grupos de las clases medias, Lula ofreció la Vicepresidencia de su gobierno a Geraldo Alckmin[4]. Aunque asociarse con alguien identificado como de centro-derecha permitió obtener un precario triunfo en las elecciones, es incierto si esto será suficiente para gobernar mientras no quede claro cómo operarán las derechas desde la oposición.

Lula enfrentará con toda su imaginación y experiencia política a Bolsonaro y su «fascismo evangélico». Ese que no tiene más proyecto político que mantener el statu quo y que cuenta con enormes recursos para descarrilar el movimiento hacia la izquierda moderada. Ese que lleva al extremo la división de clases, tanto en lo material negando las más mínimas oportunidades a las personas pobres, como por el discurso violento y racista que amenaza la paz social y el futuro de las instituciones de su país. Ese que se parece tanto al PAN en México. Aunque podrá también negociar con una derecha moderada más inteligente y dispuesta a entrar en el juego democrático, porque prefieren la estabilidad social que favorece mejor a sus intereses en un horizonte de largo plazo.

Aún quedan enormes interrogantes sobre las circunstancias que permitieron el regreso de Lula: desde las razones de fondo que dejaron sin efecto su condena judicial; si la libertad implica ataduras para ejercer el mandato; qué compromisos adquiere al obtener el apoyo de la centroderecha así como las concesiones que deberá pactar para poder gobernar y responder a su electorado. Sin embargo, es muy esperanzador tener de nuevo por la vía pacífica al líder histórico de la izquierda al frente del gobierno de Brasil y saber que esa misma democracia institucional, que tantas trampas y atropellos permitió, se haya enmendado para que la justicia prevalezca.

El lawfare existe y no es patrimonio de ninguna ideología – Latinoamérica 21
Bolsonaro toma el relevo de Trump como adalid de la extrema derecha en el mundo | Internacional | EL PAÍS
Global Leader Approval Ratings El gobierno de Jair Bolsonaro contaba en octubre de 2022 con un 46% de aprobación y un 48% de desaprobación, es el país más polarizado de todos los que la firma Morning Consult monitorea. Este márgen, menor al 2% pero en contra, es muy similar al que obtuvo Lula para ganar la presidencia en las elecciones del domingo 30 del mes pasado. En México se ha manejado la idea que el gobierno de AMLO ha “polarizado a la sociedad”, sin embargo los datos duros, como el enorme márgen favorable de 42 puntos porcentuales a favor de su gestión, refutan esta idea.
Geraldo Alckmin, el adversario de centroderecha y aliado de Lula para derrotar a Bolsonaro | Internacional | EL PAÍS

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