A propósito del ejercicio de Revocación de Mandato del pasado 10 de abril, volví a ver la película NO (Pablo Larraín, 2012), sobre la hazaña de los chilenos que tras 15 años terminaron con la dictadura del General Augusto Pinochet por la vía de las urnas. Desde la óptica subversiva del publicista René Saavedra, la película invita a reflexionar sobre el rol de la ciudadanía en las democracias. También muestra cómo el poder de la publicidad, junto con el financiamiento del exterior y el apoyo de figuras reconocidas internacionalmente, fueron un contrapeso efectivo cuando los militares en el poder controlaban las reglas, el árbitro y los medios de comunicación.[1] [2]
Esta fue la tercera y última vez que Chile salió a votar durante la dictadura. En 1978, el Pueblo chileno fue convocado a una Consulta Nacional en el cual legitimó por un amplio margen el gobierno golpista. Nuevamente el 11 de septiembre de 1980, justo el mismo día del Golpe de Estado de 1973, se hizo otra votación para aprobar o rechazar la Constitución Política de 1980 redactada por los militares. La campaña del «No» tuvo el acierto de unir en sus mensajes de esperanza, libertad y alegría las agendas políticas de 17 partidos de oposición, así como la virtud de vencer el miedo y la apatía derivados de tres lustros de represión y de tres referéndums coercitivos.
El ejercicio democrático que terminó pacíficamente con la dictadura implicó un enorme sacrificio y un grave riesgo a la población. Sin embargo, después de la euforia del triunfo en las urnas, sobrevino una enorme decepción. Se fueron las cabezas visibles en el poder, pero no cambió la estructura jurídica y económica imperante. Irónicamente el triunfo del «No» terminó por legitimar el orden social impuesto por la fuerza y, peor aún, obligó a los actores políticos que lucharon por echar a los militares a consolidar un régimen que protegía a los aliados de la dictadura y a dar brillo internacional a un modelo económico en el que el Estado tiene un papel residual favoreciendo los intereses de quienes promovieron el golpe.
¿Podemos decir que participar por el «No» fue una trampa o que la transición a la democracia hubiera sido mejor manteniendo a los militares en el poder? ¿Podemos culpar de engañosa a una campaña publicitaria que logró concitar a amplios sectores de la sociedad chilena para obtener los votos necesarios y lograr una salida institucional del régimen militar?
Es pertinente hacerse estas preguntas para dialogar con los “demócratas” abstencionistas que argumentaron no participar en el reciente ejercicio de revocación de mandato en México. Estos «promotores del silencio» son los mismos que irreflexivamente han rechazado cualquier modalidad de democracia directa ejercitada en los pasados 20 años en México y que apelan al miedo de quienes preferirían dejar todo como está, calculando que sus privilegios les serán suficientes para vivir con tranquilidad el resto de sus días en una sociedad tan excluyente como injusta.[3]
El Estallido Social de 2019, detonado por un alza en la tarifa del transporte público en Santiago y encabezado por jóvenes estudiantes de secundaria, obligó a convocar otro Referéndum en Chile.[4],[5] En 2020 una amplia mayoría votó por escribir una nueva constitución que reemplace a la heredada por la dictadura.[6] ¿Se hubiera llegado a este momento de la historia en Chile si hubiera ganado el «Sí» con la bota militar blindando el modelo del «echaleganismo», que afirma que no se puede perder en un sistema en donde cualquiera puede ser rico y todos apuestan a ser “ese cualquiera”?
La película, que termina con la sentencia: “Exprésate porque otros no pueden hacerlo”, es una clara invitación a participar incluso cuando el ejercicio parezca inútil, resulte contraproducente, busque legitimar oprobios o darles inmunidad a criminales. Los chilenos —que tuvieron la libertad para elegir a sus gobernantes y de golpe se les limitó a participar en plebiscitos de legitimación— y 16 millones de mexicanos que acudimos el domingo pasado a las urnas tenemos claro que la única manera de afirmar y ampliar cualquier derecho es ejercer siempre todos nuestros derechos.
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