La consagración de la democracia

La OFUNAM presentó en días pasados la versión sinfónica de La consagración de la primavera. Esta obra, que se estrenó un 25 de mayo de 1913 en París, es considerada por muchos el evento que marca el inicio de la era moderna, no solo por haber sido una ruptura artística que abrió caminos inexplorados entre la danza y la música, sino porque implicó la estrecha colaboración de los artistas con Sergei Diaghilev, un importante empresario y su compañía Los Ballets Rusos. Este experimento artístico del espíritu rebelde y disruptivo de los albores del Siglo XX nos mostró la fuerza creativa de las innovaciones ideológicas, tecnológicas y financieras liberadas por el individuo contemporáneo. Sin embargo, muy pronto descubriríamos el lado oscuro de este atrevido movimiento de vanguardia.

Cuando el 28 de julio del año siguiente estalló la Primera Guerra Mundial, Europa se convirtió en un horrendo campo de batalla donde millones de seres humanos fueron exterminados sistemáticamente utilizando innovaciones tecnológicas de la producción en masa como el lanzallamas, los tanques de guerra y el gas mostaza, las cuales alcanzaron niveles inimaginables de brutalidad. Los ejércitos, por su parte, adoptaron los principios y la racionalidad de las fábricas, la división de tareas y la especialización técnica que jerarquizaron a los combatientes y alejaron a los generales del campo de batalla. La muerte heroica se transformó en la muerte anónima y masiva del «soldado desconocido»[2].

La Gran Guerra puso en tela de juicio el paradigma del progreso ilimitado al mismo tiempo que forjó el genocidio industrializado e impersonal que caracterizó al siglo XX. Este ambiente lleno de brutalidad alimentó a su vez la creación artística de aquel siglo, como podemos ver con el Ballet de Stravinski, cuyo libreto está inspirado en leyendas paganas de la Rusia ancestral en donde la trama parte de una premisa muy violenta: para obtener el favor de los dioses en el comienzo de la primavera, una tribu ha de sacrificar a una joven virgen obligándola a bailar hasta la muerte.

Aunque en Europa existió una clara conciencia de clase entre trabajadores, campesinos y comerciantes de distintas naciones —que compartían mayores condiciones y aspiraciones entre ellos que con las élites de su propio país—, fue el ansia de la gloria imperial de los grupos sociales dominantes y los nacionalismos exacerbados lo que les incitó a pelear hasta la muerte entre ellos por los territorios y los recursos naturales. Conforme avanzó el siglo XX, con el auge del individualismo, los nacionalismos dejaron de ser efectivos como mecanismos de control social. Fue entonces cuando se favoreció el consumo como motor del desarrollo económico y se impuso la televisión como el medio de entretenimiento, promotor de estilos de vida y modulador de las aspiraciones humanas para mantener el estado de las cosas.

Con el auge de las redes sociales y ante la posibilidad de intercambiar ideas para construir consensos, surgió una nueva esperanza civilizatoria. Sin embargo, muy pronto estas plataformas se volvieron en contra nuestra. Cuando la humanidad tuvo inmejorables herramientas para interactuar y colaborar en tiempo real, resurge el fenómeno conocido como guerras culturales[3] en donde la discusión política gira en torno a posiciones inamovibles, ahora de manera virtual, resaltando determinados rasgos identitarios para exaltar una presunta moralidad virtuosa de unos frente a otros. Lo anterior impide encontrar un terreno común entre las partes para decidir las grandes cuestiones del presente. Al final, estamos viviendo lo mismo que cuando la Gran Guerra, nos batimos en trincheras digitales mientras los procesos de reproducción de los capitales y el acaparamiento de recursos naturales, con sus violencias inherentes, prevalecen. La impotencia y frustración de no poder transformar el modelo de desarrollo que concentra riqueza y destruye ecosistemas nos vuelve a todos cada vez más irritables y violentos.

Desde la comodidad de nuestros teléfonos móviles y con un compás cadencioso —cómo el de los valses vieneses— nunca lograremos superar nuestra desilusión en la política y las dudas sobre la fuerza de nuestro propio gobierno, la única institución con la que contamos los ciudadanos comunes para conquistar y garantizar grandes derechos. Cambiar las relaciones de poder consolidadas nunca será con elegancia, pues exige de nosotros adoptar movimientos dislocados, pulsar ritmos abruptos y rozar nuestros cuerpos con una orquestación agresiva —como en La consagración de la primavera— para vencer el sentimiento de desconfianza hacia quienes comparten nuestra condición de clase.

 


Orquesta Filarmónica de la UNAM, Primera Temporada 2023, Programa 3, 28 y 29 de enero
En un intento de aliviar el padecimiento de los familiares, se inventó el concepto del soldado desconocido, John William Wilkinson
Parece evidente que subordinar la política a una determinada idea del Bien está causando un grave perjuicio a las democracias occidentales, Javier Benegas
 
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