En 2016, el referendo del Brexit envió la primera señal visible de un descontento generalizado en el hemisferio occidental. Meses después, cuando Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos, el mundo liberal se quedó sin palabras. No por falta de alertas —las había desde la crisis financiera de 2008—, sino porque las élites políticas y mediáticas no supieron interpretar lo que estaba ocurriendo. Algunos lo llamaron populismo de derecha o una anomalía electoral, pero con la reelección de Trump en 2024 quedó claro que ese voto era la factura del deterioro social provocado por cuatro décadas de neoliberalismo.
Durante los pasados diez años han surgido figuras radicales como Marine Le Pen, Jair Bolsonaro y, recientemente, Javier Milei. Cada caso tiene su propia historia, pero ninguno fue accidental. Detrás de su popularidad opera la ultraderecha internacional con redes de financiamiento, think tanks, medios de comunicación, pastores evangélicos y granjas de bots que han logrado convertir el malestar social en un proyecto político rentable.[1] Es la expresión más sofisticada que ha encontrado el capitalismo financiero para organizar a los de abajo en favor de los de arriba. El agravio es el anzuelo; destruir el estado de bienestar, el negocio.
La politóloga Wendy Brown diagnosticó que el neoliberalismo acabó con la legitimidad democrática al permitir que las políticas públicas las dictara el mercado y no el voto popular. Desvinculó al ciudadano de la organización social y lo convirtió en objeto de explotación.[2] El sociólogo Jessé Souza —en su libro El pobre de derecha— explica cómo amplios sectores populares respaldan agendas antiderechos que destruyen las redes de protección social de las que dependen para vivir con dignidad.[3] Ese proceso opera sobre heridas previas de humillación de clase y raza. El resentimiento es la respuesta emocional a una deshumanizante violencia estructural sin un responsable visible, pero que la ultraderecha aprendió a gestionar. Donde el mercado dejó una herida abierta, emergieron demagogos con un discurso de odio y señalaron culpables. Migrantes, movimientos identitarios y élites traidoras ocuparon el lugar del verdadero responsable: un modelo económico que concentró la riqueza y repartió miseria.
En América Latina la factura la pagaron campesinos y obreros desplazados, pero también estudiantes endeudados, profesionistas precarizados, pequeños empresarios asfixiados y clases medias empobrecidas que siguieron al pie de la letra el evangelio meritocrático para descubrir que el futuro tampoco les pertenecía. Chile, Perú y ahora Colombia revelan que el hartazgo se ha instalado entre sectores medios urbanos cuando descubren que no pueden pagar su seguro médico, tener una vivienda digna sin endeudarse de por vida o que envejecerán sin pensión. Los beneficiarios del modelo neoliberal son ahora sus víctimas.
En ese escenario se destaca la experiencia mexicana. Así como China bautizó su rechazo al dogma neoliberal como socialismo con características chinas, México la llamó humanismo mexicano. Darle nombre propio a una ruptura es un acto político, significa que la alternativa es una doctrina construida desde la realidad nacional y no una variante del modelo fallido. De la misma manera en que China articuló una estrategia combinando tradición, socialismo y mercado —logrando así la mayor y más rápida reducción de pobreza extrema en la historia de la humanidad—,[4] México recupera sus instituciones públicas inspirado en una filosofía política arraigada en su tradición republicana.[5]
México enfrentaba las mismas condiciones que el resto de los países que adoptaron políticas neoliberales: desigualdad, desprecio institucionalizado hacia los menos favorecidos, abandono territorial, violencia rampante. Pero en plena crisis post-liberal, el agravio nacional encontró un cauce popular que cambió el curso de la historia y transformó la vida pública del país, antes que el pacto oligárquico-mafioso con la ultraderecha se atrincherara en el poder.
Bajo el principio rector —por el bien de todos, primero los pobres— el poder público regresa como garante del bienestar sin eliminar la iniciativa privada, pero reordenando las prioridades. Frente al fracaso neoliberal, el Estado asume una deuda histórica con los sectores más vulnerables. La política centrada en la dignidad impulsa una conciencia social que desactiva el resentimiento, fracturando la lógica del pobre de derecha. El incremento al salario mínimo y los programas sociales incidieron en que 13.4 millones dejaran la pobreza.[6]
Las ruinas del neoliberalismo son territorios en disputa. La 4T llegó primero y plantó ahí la palabra dignidad, pero la extrema derecha no necesita construir nada, le basta esperar cualquier fracaso para convencer a millones de que fueron nuevamente traicionados. Porque cuando la dignidad no está respaldada con hechos, el resentimiento siempre encuentra quien lo convierta en bandera.
[1] Las redes de la ultraderecha en América Latina: periódicos digitales, ‘bots’ y noticias falsas para propagar la “guerra cultural”: El País ES
[2] «El pueblo sin atributos» – Wendy Brown
[3] ¿Por qué un trabajador pobre, sin renta, llega a votar por aquel que promete destruir sus derechos laborales? El pensador brasileño Jessé Souza en su extraordinario libro “El pobre de derecha” (2024).
[4] Entre 1978 y 2018, 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema en China, hecho que el Banco Mundial describió como “el mayor logro contra la pobreza en la historia”.
[5] Desde antes de la independencia de México se luchó por formar una nación libre, orgullosa de su pasado, alejada del fanatismo religioso y de los privilegios de las élites.
[6] Evolución de la pobreza 1950-2024: aciertos y pendientes para la movilidad social y la igualdad de oportunidades