Mismo infierno, otro demonio

Trump reconquista el poder empleando una retórica de justicia social populista que lleva a algunos a pensar que detendría a las corporaciones abusivas, quienes han socavado la soberanía de los estados y la voluntad popular, pero en realidad durante su primera administración reforzó el poder tanto económico como político de corporaciones y oligarcas cercanos a él, manteniendo intactas las estructuras que perpetúan la desigualdad y la explotación en su país, las relaciones asimétricas con sus socios comerciales, acoso militar a sus rivales y la depredación del medio ambiente.

Tras sobrevivir dos intentos de asesinato, superar múltiples procesos legales y enfrentar una guerra sucia por parte de la prensa corporativa, el épico retorno de Donald Trump a la Casa Blanca pareciera no sólo reivindicar a las mayorías blancas precarizadas que se aglutinaron bajo el lema de “Make America Great Again”, sino también traer de regreso el dominio de los oligarcas, esos individuos inmensamente ricos que ejercían control directo sobre la política y la economía —sin necesidad de intermediarios institucionales— en las épocas previas al auge de las corporaciones globales, que en apariencia deberán ceder terreno ante la nueva generación de plutócratas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las grandes corporaciones vieron una expansión en sus ganancias e influencia. Con la llegada de Ronald Reagan al poder y la implementación de políticas neoliberales; la desregulación, la reducción de impuestos para los ricos y las empresas, su poder económico aumentó de forma significativa. Durante la década de 1990, con acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, no solo abrieron los mercados globales a sus productos, sino que también facilitaron la movilidad del capital hacia paraísos fiscales y las manufacturas a países con baja regulación laboral y ambiental.

Los efectos de la globalización fueron devastadores para la clase trabajadora de los EE. UU. y por lo mismo electoralmente antipopulares, pero las corporaciones canalizaron su influencia por medio del cabildeo político para lograr victorias judiciales como la de «Citizens United v. FEC» de 2010,[1] que les permitió gastar libremente en campañas políticas a través de Super PACs. Sin importar el resultado de las elecciones, controlaron así a políticos y gobernantes para que continuaran promoviendo políticas públicas que les favorecieron. Cuando Trump irrumpió en 2015 en la política, con un discurso antisistema y nacionalista para convertirse desde entonces en la figura central del Partido Republicano, el auge de los gigantes globales parecía llegar a su fin.

Se espera que Trump emprenda fuertes represalias en contra de las instituciones que le trataron de impedir su regreso al poder, especialmente la prensa conservadora, el aparato judicial y el Partido Demócrata.[2] También podemos anticipar que utilice su retórica antielitista, así como el caos político para favorecer a individuos ultra millonarios quienes lo apoyaron en su campaña electoral. La combinación de sus vendettas y el pago de favores políticos podría provocar una renovación de las élites empresariales; medios como el New York Times o CNN saldrían perjudicados y la red social “X” o la cadena Fox News fortalecidos, la industria farmacéutica enfrentaría regulaciones de precios y la liberalización de nuevos medicamentos que deterioren sus lucrativas patentes y las energías verdes serían afectadas con una reducción de sus multimillonarios subsidios, así como desregulaciones ambientales que favorezcan a las compañías petroleras. Sin embargo, el modelo de extracción y concentración de riqueza en unos cuantos no cambia.

El gobierno de Biden deja múltiples frentes abiertos en el plano internacional, hereda la guerra en Ucrania y la expansión de Israel en Medio Oriente, así como una cantidad de antagonismos alrededor del mundo, que son la muestra de que los equilibrios geopolíticos para evitar la anarquía, caos y guerras están rotos. Mientras no se construyan nuevos acuerdos internacionales, que reconozcan un mundo multipolar, los ejércitos de los EE. UU. y sus vasallos serán los guardianes de los mercados y los recursos estratégicos de sus voraces megacorporaciones.

Con respecto a México, el segundo mandato de Trump parece ser una continuación y amplificación de sus políticas anteriores con tensiones diplomáticas en temas de migración; con políticas restrictivas y deportaciones masivas, sobre asuntos comerciales; amagando con aranceles y en materia de seguridad y narcotráfico con amenazas de intervención militar declarando a los carteles como organizaciones terroristas. Sin embargo, estos intentos de intimidación tienen un trasfondo de interdependencia económica que obligan a moderar las acciones más extremas. Tendremos episodios esporádicos de caos, pero las dinámicas de integración de Norteamérica seguirán su curso.

Trump reconquista el poder empleando una retórica de justicia social populista que lleva a algunos a pensar que detendría a las corporaciones abusivas, quienes han socavado la soberanía de los estados y la voluntad popular, pero en realidad durante su primera administración reforzó el poder tanto económico como político de corporaciones y oligarcas cercanos a él, manteniendo intactas las estructuras que perpetúan la desigualdad y la explotación en su país, las relaciones asimétricas con sus socios comerciales, acoso militar a sus rivales y la depredación del medio ambiente. Seguiremos en el mismo infierno, pero con otro demonio a cargo.


[1] La decisión que amenaza la democracia | Isonomía – Revista de teoría y filosofía del derecho

[2] Chris Hedges: ‘Second Trump presidency will be far more vindictive’ | Real Talk

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