«¿En qué se parece el fútbol a Dios?
En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales».
—Eduardo Galeano
Se acaba de estrenar en Netflix el documental Copa 71[1], que rescata las anécdotas y contexto del torneo mundial femenil de futbol realizado en México en 1971, y cuya final sigue siendo hasta hoy el evento deportivo de mujeres con mayor asistencia en la historia, congregando alrededor de 112,500 espectadores. Otro de sus grandes atractivos es que detalla la saga de una generación de jugadoras que llevaron a México a ser potencia mundial en este deporte, junto con el material que ocultaron durante 50 años de las transmisiones en vivo y a todo color de los partidos que jugaron en el Estadio Azteca.
El torneo mundial tuvo un éxito mediático y en taquilla sin precedentes a pesar de los intentos de boicot por parte de la FIFA —antes de ser capturada por los intereses comerciales de la dupla mafiosa Havelange-Dassler[2]— controlada exclusivamente por hombres blancos europeos que no veían con buenos ojos la participación de las mujeres en el futbol y que serían responsables de que no se organizara un evento global de futbol femenino durante 20 años, hasta que la FIFA pudiera controlarlo totalmente.
El mundial de México fue precedido por la Copa Martini-Rossi de 1970 en Italia. Aquella primera edición femenil se pudo llevar a cabo solo hasta que se levantara la ridícula prohibición a los clubes de futbol de prestar sus instalaciones a las mujeres impuesta durante 50 años, fundamentada en artículos falaces publicados en revistas médicas de la época, que argumentaban que la práctica de este deporte perjudicaba la salud reproductiva de las mujeres. En aquel torneo el equipo danés ganó la copa y las mexicanas obtuvieron el tercer lugar, y con esto México tuvo la posibilidad de ser sede del próximo campeonato, que se llevó a cabo al año siguiente.
Los testimonios de las mundialistas nos ayudan a entender que los mecanismos puestos en marcha, para minimizar sus logros y sepultar la euforia, la pasión y el entusiasmo desbordante que despertaron en la sociedad, son los mismos que las mujeres han enfrentado en los ámbitos políticos, profesionales y sociales a lo largo de la historia. Adicionalmente, derivada de la falta de representación de las mujeres en roles de liderazgo, las seleccionadas fueron objeto de acoso, manipulación y hostigamiento. El mejor ejemplo lo encontramos en la extraña anécdota del supuesto chantaje para boicotear la final de las mexicanas[3].
Las mundialistas también sufrieron descalificaciones, bajo criterios ambiguos utilizados a conveniencia para borrar sus logros y aportaciones. Las inglesas fueron ridiculizadas por medios británicos y por su mismo director técnico porque no tuvieron un buen desempeño en el torneo. A su vez, las danesas —aunque ganaron por segunda vez el campeonato— fueron ignoradas por la prensa y autoridades de su país para no exhibir a su selección varonil que no había obtenido un campeonato mundial en este deporte. La FIFA no pudo evitar que el segundo torneo se llevara a cabo, pero logró su consigna de invisibilizar ambos torneos femeniles y a todas las mujeres futbolistas.
Ahora que México se encamina a conformar el primer gobierno encabezado por una mujer en Norteamérica es oportuno recordar las experiencias de aquellos torneos internacionales femeniles y el ejemplo que dieron nuestras carismáticas e irreverentes deportistas hace 50 años. Promoviendo la igualdad de género y desafiando estereotipos sociales, el deporte femenil tiene un impacto que trasciende el campo de juego. El futbol, como lo practican las mujeres, es ideal para fomentar el espíritu colectivo en lugar del individualismo ya que se aleja de las pautas que alimentan la competencia entre jugadores, hasta del mismo equipo, para que se destrocen entre sí, buscando los reflectores y el reconocimiento del “jugador más valioso”.
Hoy vemos los frutos de la estrategia de las mujeres, que más allá que ganar partidos o campeonatos, sus objetivos siempre estuvieron alineados con la idea de avanzar en temas sociales y culturales, por lo que jugaron para asegurar su permanencia, dándole así relevancia y trascendencia a sus vidas. Pacientemente llevaron a México a este punto de inflexión en el que, como reacción en cadena, las mujeres recuperan los lugares que les corresponden en la sociedad después de haberles sometido durante siglos, y la vibrante energía social liberada por este fenómeno se convierte en un sustento enorme para Claudia Sheinbaum cuando dice que no llega sola a la Presidencia, sino que llegan todas.