Así como existen grupos de personas que niegan el Holocausto, el cambio climático o la efectividad de las vacunas, surgieron en las pasadas elecciones a la gubernatura del Estado de México —al darse cuenta de que absolutamente todos los sondeos favorecían a la Maestra Delfina Gómez Álvarez— una nueva especie de escépticos de las encuestas y de la técnica estadística, a este fenómeno le llamaré el negacionismo mexiquense.
La variante local del revisionismo contagió a personas en todo el país, quienes —con mucha seriedad— empezaron a repetir argumentos pintorescos y excéntricos, así como falaces, para buscar interlocutores afines y convencerse entre ellos mismos que no podía ser posible que el PRI perdiera el poder en su último bastión en el país. Similares a quienes sostienen que la tierra es plana, estas personas negaban la contundencia con la que perderían las elecciones en el estado con el mayor número de electores y con una representación rural, urbana y marginada que sabemos es semejante a la de México en su conjunto.
El problema no es que algunos individuos en particular conduzcan su vida con base en ilusiones y fantasías[1], sino que existan grupos sociales manipulados de forma masiva y que terminan por renegar de la evidencia científica y del uso de la razón. Lo anterior tiene graves consecuencias tanto en el plano individual, porque quienes se guían por sus emociones son más vulnerables a la manipulación ideológica —fenómeno conocido como manipulación de masas— como en el plano social, como ocurre cuando grupos relevantes operan desde su privilegio, lo que impide la construcción de acuerdos y genera una parálisis colectiva, como sucede con el cambio climático.
Cuando la candidata Alejandra del Moral reconoció el triunfo de su contrincante, la reacción de los desilusionados no fue reclamar a sus gurúes políticos y a quienes les engañaron alimentando sus esperanzas de que la realidad sería diferente, sino atacar con un enorme desprecio clasista a la candidata ganadora y sus seguidores[2]. Esta peligrosa combinación de personas con prejuicios —que se creen poseedoras de la verdad absoluta por su posición social— pero que se han vuelto presa fácil de la manipulación —al desechar las enseñanzas de su formación académica—, les ha convertido en individuos intolerantes, violentos, llenos de odio e ignorancia.
Sin embargo, algo que hemos aprendido de los negacionistas del Holocausto, del cambio climático y de los pandémicos son los mecanismos con los que sistemáticamente siembran dudas disfrazadas de búsqueda de conocimiento[3]. Estos movimientos revisionistas en realidad buscan destruir, desde sus bases, la memoria democrática y la estructura científica que da origen y sustento a nuestra civilización, siendo estas las banderas que han apuntalado el auge reciente de los populismos de derecha en Europa, Brasil o los EE. UU., pero que en México presentan efectos a la inversa.
Si analizamos los resultados más recientes de la encuesta que el despacho Buendía & Márquez prepara de forma trimestral para El Universal[4], los que se consideran anti-lopezobradoristas han disminuido del 30% de los entrevistados al 20% en un año[5]. ¿Cómo entender este fenómeno a la par que escuchamos discursos de odio cada vez más frecuentes? Sabemos que el odio es un dispositivo ideológico muy sutil que consume lentamente a quienes lo practican, y conduce a la autodestrucción. Es adictivo y se contagia viralmente en ambientes de ignorancia y precariedad afectiva. Por ende, la explicación pareciera estar ligada al origen de la manipulación de la que fueron objeto los contagiados del reciente fenómeno del negacionismo mexiquense.
La campaña de la coalición Va por el Estado de México manejó una retórica que transitó de un primer mensaje que dijo “podemos ganar[6]” para luego convertirse en un “vamos a ganar[7]” y terminar con un “ganamos[8]” cuando en ningún momento los muestreos estadísticos les favorecieron. Explicarse una realidad contraria a sus aspiraciones o preferencias políticas, despreciando a la ciencia como su forma de pensar, requiere de enormes dosis de autoengaño a las que, como lo vimos en el Edomex, cada vez menos personas están dispuestas a someterse.
El discurso de odio es el remedio adoptado por una estridente minoría para reducir la ansiedad que experimentan al contemplar, horrorizados, que sus creencias y prejuicios chocan con la nueva realidad de su país: la puesta en marcha de un proceso pacífico de transformación popular. Pero algo más extraño también ocurre, aún y con su total rechazo a Morena, pero ante la ilusión de ser consultados[9], ya tienen definido quién será su “corcholata”.
[1] La astrología y otras formas de charlatanería siguen teniendo enorme popularidad entre el público en general. Por ejemplo, los horóscopos tienen todavía una sección obligada en varios periódicos de gran circulación.
[2] Denise Dresser llama maloliente a Delfina Gómez | Noticias de México | EL IMPARCIAL
[3] ¿Qué es y cómo opera el negacionismo? – Rebelión
[4] Encuesta: No le quitan ni una pluma a la aprobación de AMLO
[5] “A pesar de que la palabra polarización se menciona continuamente en el discurso mediático y opositor, sólo 21% se considera anti-lopezobradorista, 10 puntos porcentuales por debajo de lo registrado en la encuesta de mayo de 2022.” ibídem.
[6] PAN, PRI y PRD anuncian su alianza “Va por México” en Edomex para 2023
[7] El triunfo de la Alianza en el Edomex será el principio del fin de Morena
[8] “Esta elección la ganamos”: Alejandra del Moral se autoproclama vencedora en el Edomex | Proceso