Actualizar nuestro prejuicios

En este mundo donde todo evoluciona tan rápido, estaríamos en la misma situación de “quien nada sabe y nada entiende” si no fuéramos capaces de cuestionar lo que sabemos, de animarnos a escuchar a los demás y de reconsiderar nuestros ideales. En México, hay quienes sostienen prejuicios enquistados en el estilo de vida occidental, lo cual termina reforzando paradigmas de exclusión y superficialidad en torno a las mayorías que permanecían invisibles en la narrativa social dominante.

Por décadas hemos sido bombardeados con propaganda para imitar a los países industrializados, en donde existe el más firme compromiso con la economía de consumo y los bienes materiales se convierten en la fuente principal de satisfacción y, ante todo, la medida más visible del logro social. De manera paralela, hemos visto el desmantelamiento continuo de las empresas del estado que proveen servicios sociales, como los relacionados con la salud, la educación y el suministro del agua. Esta dicotomía crea una trágica brecha entre los afortunados que pueden pagar por los servicios y quiénes se quedan al margen.

Una vez que se reconoce cómo se ha agudizado la desigualdad provocada por el modelo económico que hemos adoptado, ¿qué podemos hacer para revertir aquella realidad de manera práctica? ¿Cómo puede contribuir la política económica a este fin? ¿Cómo se pueden hacer disponibles de manera más equitativa y eficiente los servicios públicos? ¿Cómo se puede proteger el medio ambiente presente y futuro? ¿Qué pasa con la inmigración y los migrantes? ¿Y el poder militar? ¿Cuál es la responsabilidad y el curso de acción de una buena sociedad frente a sus socios comerciales y sus vecinos en un mundo cada vez más internacionalizado?

La estrategia del gobierno de México para atender estos asuntos —que implica enfrentar la resistencia de una estructura institucional fija de la economía: las corporaciones y empresas comerciales, grandes y pequeñas, y las condicionantes que imponen— ha producido dinámicas de malestar en un sector de la población, que adoptó como medida del éxito llevar un estilo de vida que les permite diferenciarse de las mayorías, al perder relevancia en el discurso público, ya que el centro del programa de gobierno hoy lo ocupa el grupo marginalizado y pobre del país, precisamente: aquellos de quienes quieren sentirse superiores.

Aún persisten viejos argumentos para justificar las desigualdades que sostienen y perpetúan la discriminación y un sesgo cognitivo asociado estrechamente a los prejuicios —originados en intereses económicos y geopolíticos— de quienes se enojan con la mayoría de sus compatriotas que nos hemos propuesto romper las estructuras económicas y de poder existentes que han generado la insostenible e injusta situación social que vivimos. Aunque esto también les beneficia, por otra distorsión de su juicio, canalizan sus reclamos hacia quienes les hacen ver cómo sus prejuicios les impiden reconocer que también son víctimas de una sociedad tan desigual, y no, contra los que tras bambalinas controlan las estructuras de poder que les oprimen y manipulan hasta llevarlos a exhibir niveles patológicos de odio hacia sus semejantes.

Estos prejuicios raciales y de clase los utiliza el bloque opositor para insultar a las mayorías desde las Tribunas Legislativas, impidiendo el diálogo político y obstruyendo, a la vez, la construcción de acuerdos para la distribución del poder social dentro de las cámaras[1]. De igual forma, cuando la gran mayoría de la población está de acuerdo en renovar las leyes electorales[2] y reforzar la soberanía energética desde la Constitución[3], han rechazado las iniciativas del Ejecutivo en este sentido, por venir de quien vienen, tal y como lo planteó la alianza Va por México el año pasado en su llamado a la moratoria constitucional[4]. Legislar en el sentido contrario a las mayorías y vestirse de color rosa es su arriesgada apuesta para obtener el respaldo popular en las próximas elecciones.

Para construir una sociedad que responda a los reclamos que la compleja realidad nos impone es preferible contar con la colaboración de quienes hoy se oponen, bloquean o luchan por destruir el proyecto de transformación en marcha dispuestos a todo, desde aquella ridícula denuncia ante el rey de España en 2020[5], hasta desear una intervención militar norteamericana, aunque esto último implique desestabilizar al país[6]. Ante estos riesgos vale la pena revisar, mejorar y cuestionar lo que siempre tuvimos por cierto para descartar atavismos y tenderles la mano a quienes reprueban la labor de los «dipuclaudios»[7] y quedaron excluidos por sus prejuicios políticos, para invitarles a sumar sus puntos de vista y sus voluntades en favor de la transformación de México.

 

A mí no me calla un macho.- Kenia López
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Los dipuclaudios – SinEmbargo MX
 

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