El genocidio en Gaza es la consecuencia de una negación colectiva que lo justifica, lo normaliza y lo vuelve moralmente tolerable. No es una singularidad israelí, ni una anomalía contemporánea, es un mecanismo histórico conocido y refinado durante siglos por las potencias europeas para ejercer la dominación colonial sin asumir su propia barbarie. El historiador israelí-estadounidense, Omar Bartov ha descrito este fenómeno como un extraordinario esfuerzo colectivo del aparato estatal de Israel por justificar, negar o ignorar la destrucción sistemática de Gaza, mientras una parte significativa de su sociedad se percibe a sí misma como víctima.[1]
Quien se cree víctima de la historia rara vez admite haber sido verdugo. Rudyard Kipling encarna, como pocos lo hacen, esta inversión moral. En su narrativa: dominar, invadir y saquear no eran privilegios, sino cargas, y matar no era un crimen, sino un deber impuesto por una supuesta misión civilizatoria. Estas ideas trascendieron la poesía del siglo XIX. La culpa moral invertida de Kipling —el intelectual del autoengaño imperial que convirtió el saqueo colonial británico en un sacrificio moral— se convirtió en un recurso político duradero. Los Estados modernos aprendieron a presentarse como víctimas mientras ejercían violencia estructural, para justificar la dominación como una responsabilidad histórica.[2]
Esta narrativa de dominio dio sustento a la expansión colonial mediante marcos legales discriminatorios, relatos civilizatorios y silencios cómplices, construyendo un orden basado en la explotación para encubrir sus atrocidades. España sostuvo durante siglos que los abusos de la Conquista eran un hecho histórico no juzgable. Solo en 2025, por la presión de México, la cancillería española reconoció un abstracto “dolor e injusticia”. Lejos de ser una reparación histórica, este gesto tardío y mezquino —sin mención al genocidio y sin compromiso de reparación— ejemplifica la amnesia institucional de convertir un crimen monumental en una declaración mediática.
Las transferencias de riqueza a las metrópolis perduran todavía. A través del sistema del franco CFA[3], París influye en las economías de varias de sus antiguas colonias africanas, limitando su soberanía y margen de decisión. Es una forma de control heredada del orden colonial, que permite a Francia beneficiarse del mercado y los recursos de la región sin asumir responsabilidad histórica alguna. Mientras este esquema persista, el discurso de arrepentimiento resulta inverosímil, porque nadie pide perdón por un sistema del que todavía se beneficia.
Europa, que perfeccionó la subordinación colonial, ahora experimenta en carne propia un sometimiento al orden unipolar impuesto por Washington. Presionadas para alinearse sin reservas en conflictos ajenos, y dependientes en seguridad y tecnología, las antiguas metrópolis asumen una lógica de vasallaje que conocen bien. Ante el negacionismo europeo, es significativo que nuevos actores formulen marcos alternativos de relación internacional.
En contraste con las presiones, sanciones y amenazas abiertas del poder hegemónico norteamericano, comienzan a articularse propuestas que no parten del excepcionalismo occidental, sino del reconocimiento histórico y de la soberanía. En América Latina, el Humanismo Mexicano reivindica la dignidad indígena, la memoria de la conquista y una necesidad de construir relaciones internacionales basadas en el respeto y no en la subordinación. En esa misma lógica se inscribe el reciente Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe[4], que —más allá de las legítimas reservas que despierta cualquier potencia— plantea una cooperación centrada en infraestructura y desarrollo, sin injerencias ni sometimientos. La iniciativa BRICS amplía esta lógica con una cooperación plural y sin jerarquías coloniales. Estas propuestas, aunque distintas, ponen en evidencia que el orden mundial heredado de la posguerra ya no es el único horizonte posible.
Los europeos enfrentan hoy una paradoja histórica que muchos se niegan a reconocer. Durante siglos exigieron a sus colonias pelear y sacrificarse en sus conflictos interimperiales, hoy ellos mismos asumen tributos geopolíticos similares —aranceles, boicots energéticos, militarización acelerada y financiamiento de una guerra en su propio continente— en nombre de un arreglo internacional que ya no les favorece. Todo ello sin haber renunciado a los privilegios heredados del colonialismo ni asumido responsabilidad alguna por el saqueo, la esclavitud y el despojo que cimentaron su prosperidad.
Europa no tendrá autoridad moral mientras el negacionismo colonial siga siendo su política de Estado. Tampoco podrá señalar a Israel sin señalarse a sí misma, ni invocar los derechos humanos mientras no reconozca los cimientos coloniales de su prosperidad. Del colonialismo, ni hablemos: así se sostuvo durante siglos el mito de la superioridad moral europea. Hoy, esta frase es una confesión, más que una evasiva elegante. Y como toda revelación involuntaria, dice mucho más de lo que pretende ocultar.
[2] Kipling, Rudyard. La carga del hombre blanco (1899). Poema que formula y legitima la idea colonial según la cual las potencias europeas tendrían una misión moral y civilizatoria sobre los pueblos colonizados, concepto clave para entender la justificación ideológica del imperialismo moderno
[3] El Franco CFA, colonialismo francés en África
[4] La Jornada – China se propone fortalecer la cooperación con América Latina y el Caribe