Del Estado represor al Estado del bienestar

Mis hijos —nacidos entre 1995 y 1998— no solo vivieron la época del terror: se formaron en sus entrañas. Su adolescencia quedó marcada por el sexenio de Felipe Calderón. Para ellos, la palabra “Estado” no era el enemigo tangible de sus abuelos, sino la ausencia de autoridad, y la «seguridad», una cruel ironía que se matizaba con noticias de ejecuciones, colgados, narcomantas. También pertenecen a su generación las Senadoras Julieta Ramírez y Andrea Chávez, así como la Secretaria Citlalli Hernández: quienes crecieron en el vacío estatal, donde la violencia y el “mercado” ocuparon el lugar de la ley y el bienestar social. De esa brutal experiencia de orfandad política, sin embargo, nacieron las convicciones que impulsan hoy su quehacer político: rebelde, aguerrido y auténtico.

Hace sesenta años, otros jóvenes también se rebelaron, pero contra un Estado represor y violento. La generación del 68 conoció la brutal guerra fría mexicana: tanques en las calles, espionaje, cárcel, desaparición forzada y muerte. De esa represión nació una izquierda ética, humanista y universitaria. Pablo Gómez, Heberto Castillo y Rosario Ibarra de Piedra, son símbolos de esa época en que la disidencia costaba la libertad o la vida. Su consigna era exigir una simple democracia: que el Estado dejara de utilizar la fuerza para matar e imponer orden.

A la sombra de esa primera izquierda nació otra, la de quienes vivimos el desmantelamiento del Estado bajo el discurso del progreso. De la crisis del 82 al fraude del 88, pasando por las privatizaciones y el “Error de Diciembre”, surgió la generación de la resistencia al neoliberalismo, liderada por Andrés Manuel López Obrador, que por la vía pacífica llegó arrasando a la Presidencia de la República en 2018. Si los del 68 enfrentaron al Estado que reprimía, los de los ochenta y noventa resistimos al Estado que privatizaba nuestro futuro. Gobernando la Capital, la izquierda dio a luz los programas sociales universales, revivió la defensa de la educación pública, reivindicó nuestra soberanía y la idea de un desarrollo con sentido nacional.

Esa lucha formó a la generación de mujeres que hoy gobierna México: Claudia Sheinbaum, Rosa Icela Rodríguez, Ernestina Godoy, Rocío Nahle. En ese terreno fértil —abonado por décadas de lucha— emergió una camada de jóvenes nacidos que maduraron entre la violencia, pero eligieron la política como reparación. Son la generación de la “Guerra contra el Narco”, marcada por el abandono del Estado, pero unida por la esperanza de reconstruir la paz.

Hoy, la historia parece cerrar un ciclo. De la represión del 68, al despojo neoliberal, y de ahí a la violencia del narco, la izquierda mexicana ha enfrentado todas las máscaras del Estado. De ese largo aprendizaje surge una generación que germina ahora —infancias y adolescencias que crecen viendo en la palabra “bienestar” una política que les favorece— hereda un país con sentido de comunidad. Serán ciudadanos formados en la idea de que la justicia, como la paz, no se exige: se planea y se construye en sociedad.

Por primera vez en décadas, una generación mexicana ve al Estado como aliado. Las Becas Rita Cetina, las Preparatorias cerca de casa, las Universidades Benito Juárez y Rosario Castellanos así como el Programa Jóvenes Construyendo el Futuro, son los cimientos de un país que trata la justicia social como un derecho. Estos programas son pedagogía de Estado. En ellos se forma la primera ciudadanía que verá a la justicia social como práctica cotidiana, con el Estado actuando a favor de los más vulnerables.

Por fin, México deja atrás los años en que se confundía el abandono del Estado con libertad; la autoexplotación con superación individual, la marginación y la exclusión con incentivos para esforzarse, la migración con la única vía pacífica para superar la pobreza, el sacrificio de los mayores con la movilidad social, los deudores fiscales con empresarios ejemplares, los salarios de hambre con ventaja competitiva, el saqueo con garantías para la inversión, la guerra con la construcción de paz.

La generación del bienestar está hecha de becas, aulas y trabajo digno; de un Estado que enseña a cuidar, donde florece el país que tantos soñamos. Esa memoria colectiva es política pura. Si la Cuarta Transformación logra sostenerla, México entregará el timón a una generación forjada para transformar al Estado y enfrentar un mundo incierto: en donde tendrá que defender la soberanía en la era multipolar y la vida en tiempos de cambio climático. En sus manos quedará el alma de una nación que aprendió a nunca rendirse.

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